Sin embargo, todavia podría describir algunos de los que me dieron felizidad. Sin duda porque no solo me divertí con aquellos juguetes, sino porque los amé, como un prolongamiento de mí misma.
Fue el caso de un regalo modesto y sin embargo sin precio a mis ojos, que me había ofrecido una tía vieja para mi siete años : una serie de muñecas rusas.
Todo el mundo conoce esas figuritas de madera, redondas como botellas, que se encajan las unas en las otras. De la más grande a la más pequeña, son idénticas, drapeadas en el mismo mantón, llevan el mismo vestido con flores. Tienen la misma boca pintada de rojo cereza, el mismo pelo negro separado por una raya en el medio.
Sin embargo la que cuenta más es la última. Porque a diferencia de las otras, no es una mera caja. Es de madera llena y su sonrisa es una verdadera sonrisa. Y además está presente y es invisible a la vez.
Se sabe que está aquí, se la espera pero hace falta descubrirla, abrir la interminable serie de sus hermanas.
Una vez en mano se la examina, se la palpa, se la vuelve. Por muy pequeña que sea, se desprende de elle una especie de perfección. Se darían todas la otras por no perderla.
La última de mi propia serie por mucho tiempo la guarde en mi bolsillo y me la llevaba por todas partes, a la escuela y de vacaciones. Se convirtió en mi fetiche. Me figuré a menudo las diferentes edades de mi vida como las muñequitas rusas de mi niñez. Conoci edades huecos, semejantes a las muñecas-cajas y otros tan rebosantes como mi muñeca fetiche...
Simplement magnifique...simplement vrai...